El Sol que no tiene mucho de estar iluminando la capital del país hace su no tan calurosa presencia en uno de los templos católicos más históricos del país, la Iglesia de San Hipólito. Con prejuicios o no, miles de personas acuden cada mes a darle gracias al Santo de túnica blanca con verde y que en el corazón lleva firmemente la imagen del Hijo de Dios.
La mirada de una señora de mayor edad hacía ver su inmensa tristeza, existía algo más que físico que la impulsaba a seguir recorriendo las calles que están alrededor del templo. La pequeña estatua que en sus extremidades superiores tenía no se comparaba con la fe que su carnoso cuerpo expedía.
Ha dado veinte pasos desde la puerta principal de la Iglesia, donde fielmente se persignó, y se muestra aturdida de los personajes que hacen de este día sólo una buena venta, el señor que vende inflables le deja un pequeño golpe al pasar rápidamente junto a ella para llegar hasta un cliente. Ella, que suavemente se toca donde le dejaron el dolor, sigue caminando para que los demás le den una muestra de agradecimiento al otorgarle sin ningún precio un collar para su Santo.
Sigue su andar con su vestimenta sencilla, una blusa color gris claro como el color del Distrito Federal cuando está demasiado contaminado y que no denota algún tipo de marca, una larga falda verde militar que cubre más allá de sus rodillas y una grande bolsa morada, de la última saca un pequeño pañuelo para ponerlo en sus ojos y limpiar esas gotas de agua salada que lentamente empiezan a brotar.
Su caminata se detiene para observar a su alrededor las calles donde se encuentra, pero fijamente se le queda viendo a tres niños que en sus brazos llevan grandes imágenes del Santo mientras que con gritos se hablan. La corpulenta dama mira al piso moviendo su cabeza de un lado para el otro, mientras que su bolsa cae y ésta es recogida por otra mujer de mediana edad con pantalones y blusa pegados, tenis anchos blancos con negro y un peinado que estaba más pegado que un chicle en el pavimento.
Siguiendo su andar, pero haciendo pequeños descansos para que la demás gente le regale algo, se aleja del templo para dirigirse a la entrada del metro cuyo nombre es del liberador de nuestra patria, Hidalgo. Han pasado cinco primaveras desde que viene a dar gracias por los deseos concedidos que le ha pedido con devoción al Santo.
Hoy, a tres días de que se acabe el mes de la madre, miles de personas como Carmen, vienen a dejarle miles de flores en muestra de alabanza al Santo milagroso, agradecen los favores, los milagros y dejan plasmada sus peticiones en un libro al que todo público le es permitido pasar y que se encuentra adentro del templo, pero sin duda, lo que más pueden agradecer es este lapso de tiempo es que hayan tenido una efímera paz espiritual.